La ciudad despierta mucho antes de que salga el sol.
Mientras el primer rayo de luz acaricia los cerros orientales, ya hay quien prepara un tinto para comenzar la jornada, quien espera el bus para llegar al trabajo, quien pedalea por una ciclovía casi vacía y quien abre la puerta de un pequeño negocio con la esperanza de que hoy sea un buen día.
Así comienza Bogotá.
No con el ruido de los carros ni con el ritmo acelerado que la caracteriza, sino con millones de historias que, cada amanecer, vuelven a escribirse.
Hace 488 años nació una ciudad que pocos imaginaban convertiría en el corazón político, económico, cultural y social de Colombia. Una ciudad que aprendió a crecer entre montañas, que recibió a personas de todos los rincones del país y que encontró en la diversidad su mayor fortaleza.
Bogotá nunca ha sido una ciudad fácil de definir.
Es el silencio que se siente al contemplar el amanecer desde Monserrate y, al mismo tiempo, el bullicio permanente de la Plaza de Bolívar. Es la memoria que guardan las calles empedradas de La Candelaria y la creatividad que brota en los murales que transforman barrios enteros en galerías al aire libre.
Es el estudiante que sale con una mochila cargada de sueños. La emprendedora que levanta la reja de su negocio con la ilusión de un nuevo cliente. El artista que convierte una pared en un mensaje de esperanza. El conductor que cruza la ciudad mientras aún oscurece. La enfermera, el periodista, el reciclador, el vendedor ambulante, el maestro, la líder comunitaria.







